Saturday, 29 March 2014

Santidad o muerte



La Fe nos enseña que ella no se opone a la razón, ni, por lo tanto, a la ciencia. De ella nos alimenta la Iglesia, nuestra madre y maestra, enseñándonosla. Ella (la Iglesia) nos enseña que Dios se nos ha revelado y se nos sigue revelando: por un lado, sobrenaturalmente, por medio de la Revelación Escrita (la Santa Biblia) y la Tradición (diferente de “las tradiciones humanas”, muchas de ellas malas) y por otro lado se nos revela Dios por la naturaleza. A la Iglesia le fue dado conservar y custodiar el tesoro de la Fe y darlo a conocer, estableciendo su Santo Fundador (Jesucristo) una jerarquía, de modo que escuchándola a ella escuchemos al Señor, Quien la alimenta con su mismo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, y asiste constantemente con el Espíritu Santo. San Agustín decía que creía en los Evangelios, no por ellos mismos, sino porque la Iglesia le mandaba creer en ellos, porque ella es anterior a aquellos, y es quien de hecho los ha instituido como canónicos.


En este marco escribo estas líneas, sometiéndolas al juicio de la autoridad de la Iglesia, y corrigiéndolo si ella me mandara en algo a hacerlo. Dar la razón al otro muchas veces a muchos les (nos) cuesta mucho. No lo digo porque en esto me cueste, sino porque considero que a mucho nos puede ayudar el recordar que si cuesta es porque el hecho de aceptar que uno está equivocado, y corregirse con presteza mas sin ligereza, es un acto de humildad, y que por eso vale mucho. Aunque también puede darse que uno esté en lo cierto cuando casi todos los demás estén en el error y por eso se molesten al iluminarlos con la luz. En ese caso hay que corregir el error con valor, aunque podría volverse una tarea como la de Sansón, con su mismo fin.

La autoridad de la Iglesia ha permitido que la Sagrada Escritura fuese sometida a estudios literarios, pero también ha visto tomarse a estas ciencias atributos que no les corresponden al olvidar la dignidad que el Sagrado Texto tiene, y que no deja de tener por el simple hecho de que se olvide. No debemos olvidar que en Ella es Dios quien nos habla, que es la Palabra de Dios (que se hizo carne y habitó entre nosotros), y que no son sólo palabras humanas (lo cual que también son) como para hablar de ella con insolencia, insinuando que son solo discursos de un pueblo tonto, crédulo y exagerado.

Como la Iglesia no me impide interpretar la Biblia literalmente (cuando eso sea posible) para aumentar mi piedad, a esto me inclinaré[1].

Como introducción a la Sagrada Biblia diré que no bajó escrita del Cielo, como se ha dicho de otros libros en otras religiones y denominaciones cristianas, sino que fue escrita por diversos autores inspirados (aunque quizás ellos no sabían que estaban inspirados). Antes que Moisés escribiera los cinco primeros rollos de lo que luego sería la Biblia, él recibió las narraciones de sus antepasados, que por vía oral se transmitían los sucesos de generación a generación, desde Adán y Eva. Posteriormente a estos primeros cinco rollos escritos por Moisés, había escribas y copistas que copiaban estos textos una y otra vez, completándolos con los siguientes textos que aparecerían con el transcurso de los siglos y de la vida del pueblo elegido por Dios. Pensemos que los papiros en los que se escribía no se conservaban por mucho tiempo. Por eso ellos los copiaban una y otra vez. Por otra parte, la mayoría de la gente no sabía leer y escribir, así que hacían uso del don de la memoria, que hoy en día se quiere revalorizar.

En el principio creó Dios el cielo y la tierra. Jesús es llamado Principio, y en Él son creados el cielo y la tierra. Dios crea todo por la palabra, y Jesús es la Palabra que se hizo hombre y que habitó entre nosotros. La tierra estaba desordenada y vacía, y el Espíritu Santo aleteaba (nadaba) en ella, ya que la imagen del escritor sagrado es que pegado a la tierra estaba el agua. Aleteaba en ella ordenándolo todo, como lo hace cada vez que hay desorden: el Espíritu Santo ordena. Ordena la vida desordenada del pecador, y le da vida, y lo llena de cosas buenas.

Moisés comienza la narración del primer libro de la Biblia[2] describiendo la creación en seis días, relatando luego más detalladamente la creación del hombre. Nada hay que impida a Dios crear el mundo en seis días. En cuanto a la vejez de la tierra (con sus aproximados 4.000. millones de años), esto no impide creer que haya sido creada en pocos días, ya que Dios pudo haber querido dejar impreso en la tierra las señales de su edad (como en la geografía, en los huesos fósiles de dinosaurios, etc.), como de hecho lo hizo con Adán, para que al verla veamos en ella reflejada la Sabiduría propia de la vejez. Si a Adán lo hubiéramos visto el primer día de la creación, y le hubiéramos preguntado que cuántos años tenía, nos hubiera dicho que aún no llegaba al primero. -¿Pero como? -hubiéramos replicado nosotros- ¡tienes el cuerpo de una persona como de 20 o 30 años! –Así también la tierra: el Creador la creó con millones de años de edad, y con tal perfección que los estudiosos lo pueden determinar con absoluta certeza, del mismo modo que si hubieran visto a Adán y lo hubieran sometido a observación médica, hubieran asegurado que no tenía un año sino 20 o 30.

Al hombre, a Adán y en él a toda la humanidad, Dios lo creó el sexto día, un viernes. En este día creó su obra más preciada, a la que llamó a ser hijo suyo, dignidad que a ningún ángel dio, por más hermoso que fuere. Considerando estas cosas, ¿habrá lugar para la tristeza? Los paganos dedicarían luego este día a la diosa del amor llamada Venus, nombre del cual deriva nuestro viernes. Jesús murió producto de un amor apasionado a nosotros en la Cruz, otro viernes. Así como al domingo lo llamamos así por ser el día del Señor (DOMINador, del que DOMINa el Orbe entero, del “Dóminus”), al viernes deberíamos llamarlo no haciendo alusión al nombre de una diosa pagana, sino al Amor que en la Cruz murió por amor apasionado por nosotros.

Volviendo a la creación que Moisés nos narra, el Señor Dios, luego de crear el cielo y la tierra y de adornarlo y hermosearlo con todo lo que en ellos hay, baja a la tierra a pasearse por ella y para buscar un lugar donde hacer con sus manos al hombre. No recela ensuciarse las manos, como el alfarero. Encontrando un lugarcito, lo contempla, se agacha y moldea con sus manos al hombre a su Imagen: su rostro, su pecho, sus brazos y pies, su masculinidad. La naturaleza contempla atónita, y maravillada, bailando jubilosa. Los ángeles cantan himnos. Al terminar su modelado, lo ve, toma aire unos eternos segundos y acercándose a la nariz, insufla en ella su Espíritu, y con Él la vida y su Semejanza. Al punto, todo ese lodo se transforma milagrosamente en carne.

Adán empieza a existir. Siente la brisa del viento en su cuerpo. Oye la naturaleza que lo rodea, las aves, los monos lejanos, con un sonido que viniendo de lejos se le va haciendo cada vez más cercano y nítido. Sus oídos se están adaptando, y reciben los primeros sonidos, como un presente de su creador. Se sabe de inmediato un ser existente, y poco a poco, estrenando los músculos de su rostro, abre sus párpados, dejando que la luz choque sus ojos, cuyas córneas inmediatamente se adaptan con la visión más perfecta que un hombre pudiera tener sobre la faz de la tierra. Ve el azul del cielo, las pocas nubes, blancas, que lo surcan. Ve el verde de los árboles, el color de la tierra donde está acostado, las aves que vuelan, todos los colores que adornan lo que le rodea. Ve al Señor que majestuoso lo contempla, y lo bendice.

Se yergue apoyando su mano en el piso y se pone de pie. El señor le saluda con un ¡jaire!, y le dice cómo se llama: Adán.

Yo no tengo una gran capacidad poética como para narrar estos augustos relatos, pero si algo de lo escrito te da sentimientos de piedad, aprovéchate de ellos. Si he dicho alguna herejía, me corrijo de ella.

Seguiré con la gracia de Dios con el relato de la primera caída.



[1] O rollo, ya que antes no existían libros, sino que se escribían en papiros que se enrollaban, y que por eso se llamaban rollos. Estos rollos eran guardados en cajas (“tanaj”). El conjunto de los primeros cinco libros de la Biblia, que se escribieron en hebreo, como la mayoría de los libros del Antiguo Testamento, en griego se llama “pentateuco”: donde “penta” significa  “cinco”, y “teuco” son esas cajitas donde se reservaban los rollos.



[2] Lo que sí nos impide es a decir que todos los eventos históricos narrados en la Biblia han sido literales, negando e impidiendo las diversas teorías de la creación del mundo.

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